Junta de Andalucía.

Inicio

1 de cada 4 personas padece alguna enfermedad mental a lo largo de su vida.

Reconócelo. La salud mental importa.

Inicio / Vivencias / Testimonios

Testimonios

Todas las vivencias:


| Ana
| Mª Carmen
| Teresa
| Valle Jimeno Enfermera
| Ana Belén Jurado Enfermera
| Miriam Rosa Orozco Enfermera
| Enrique
| Cymbeline
| Beatriz
| Isabel

Ana

Fotografía de Ana María Ferrer

Tengo una enfermedad mental grave desde hace años, y los peores recuerdos de todo este tiempo no tienen que ver con los síntomas de mi enfermedad, sino con la forma en que me he sentido tratada a causa de ella. Por ejemplo, un día, una persona que conocía a mi familia le dijo a mi hijo, que tenía 9 años, que yo estaba mal de la cabeza, y como el pequeño estaba sorprendido, le dijo que se lo podía preguntar a todo el mundo en la ciudad donde vivíamos entonces. ¿Qué iba a pensar el niño de eso? ¿Qué imagen tendría de su madre a partir de ese momento?

Pero eso no fue lo peor, lo peor vino de quienes yo pensaba que me podrían apoyar y ayudar. La abuela de mis hijos (uno de ellos, que en gloria esté), les dijo en dos ocasiones que su madre, o sea, yo, estaba loca. Me sentí hundida, humillada por culpa de esa persona y de una enfermedad que yo no había escogido. Toda mi familia política me señalaba con el dedo y me maltrataba, empezando por mi marido. Llegué a intentar suicidarme al caer en una depresión por lo mal que funcionaba mi matrimonio. Un intento de suicidio por el que tuvieron que amputarme un pie.

Ahora estoy divorciada y estudio unas oposiciones para poder trabajar y así recuperar la custodia de mi hijo. Gracias al apoyo de muchas personas buenas y a la asociación SAPAME, de Granada, estoy rehaciendo mi vida, olvidando el odio y la discriminación que recibí de las personas más cercanas a causa de mis problemas mentales. Espero de verdad que no le pase a nadie más.

Mª Carmen

Estoy en tratamiento por enfermedad mental, y mi hijo de 18 años también. Mis vecinos lo saben. Vivimos en un barrio tranquilo de una ciudad andaluza, pero la relación con el vecindario a veces está llena de situaciones injustas.

Hace poco, mi hijo tiró una botella de plástico al patio de un vecino y al poco rato ya estaba la Policía llamando a la puerta de mi casa. Los agentes fueron muy amables con nosotros, vieron que no había pasado nada y se fueron tras ofrecer su ayuda por si necesitábamos algo. Cuando se marcharon, seguía sin entender por qué algún vecino había llamado a la Policía sólo por haber tirado una botella de plástico.

Más sorprendida me quedé cuando tres días después un vecino (“normal”) tiró un petardo a un patio. Tras la explosión, empezaron a oírse gritos y se pasaron casi media hora discutiendo a voces. Cada vez había más gente, de toda la finca, y se pudieron juntar hasta 15 personas. Entre ellas estaban quienes no habían tardado ni un minuto en llamar a la Policía por una botella de plástico. Entre chillidos y gritos, en algunos momentos de máxima tensión, llegaron a las manos y se pelearon físicamente.

Finalmente los ánimos parecieron calmarse y todos volvieron a sus pisos. Pero me pregunto por qué después de oír explotar un petardo y de media hora de bronca y pelea, esta vez nadie se escandalizó, ni dijo nada, ni llamó a la Policía.

Teresa

Fotografía de Teresa

Soy un ser humano que, como miles de ellos, padezco una enfermedad mental llamada TRASTORNO BIPOLAR. No voy a hablar de los síntomas, sino a ofrecer mi humilde opinión y vivencia personal, encauzadas a solucionar la ardua problemática entre enfermo mental y sociedad, desde una visión más positiva que inquisidora. Pertenezco a la asociación granadina SAPAME (Salud para la mente) y de los muchos debates que allí se realizan el que más preocupa es el día a día con el mundo que nos rodea.

Soy muy consciente del rechazo, estereotipos, prejuicios, estigmas, y sobre todo una gran desinformación alrededor de cualquier enfermedad mental, pero aun así, antes que criticar, quiero crear lazos de convivencia y comprensión hacia una actuación positiva en la relación entre enfermo mental y sociedad. Aunque resulte un poco fuerte, me atrevo a decir ¡¡basta ya de quejas!! Es mucho más positivo pensar en cómo actuar nosotros y encauzar el tema para, poco a poco, paliar esta problemática, que exigir y esperar a que todo nuestro entorno cambie.

Llegados a este punto, me parece oportuno contar mi propia experiencia familiar y social. Provengo de una familia de clase media, formada por 5 hermanos. Comencé con los primeros síntomas a los 18 años, edad muy común en la aparición de las enfermedades mentales. Tras un largo periodo de los 18 a los 43 años, los especialistas no pusieron nombre propio a mi enfermedad debido a la gran complicación de diagnóstico.

En los momentos de crisis todo se convertía en un túnel sin salida; ni mi familia, ni mi ex marido, ni mis amigos e incluso ni yo misma entendíamos qué estaba sucediendo; mi interior estaba totalmente destrozado y, peor aún, sin saber qué solución darle. Dentro de mí aparecían sentimientos de apatía, frustración, suicidio y, sobre todo, una gran incomprensión por parte de todos. Ni qué decir tiene que todos estos pensamientos eran producto del gran sufrimiento que la enfermedad ocasionaba. Algo dentro de mí demandaba continuamente cariño y comprensión, cosa que sinceramente no conseguía por más que yo me empeñase.

Gracias a un brote maníaco –y digo gracias porque esto hizo que más tarde se produjese un gran cambio en mi vida a pesar del precio que tuve que pagar durante dos años sumergida en una inmensa depresión-, uno de mis hermanos, por cierto el más pequeño, se implicó en el problema. Las visitas al psiquiatra y a centros de urgencias se convirtieron en algo natural en mi vida.

Gracias a Dios, tras la información que recibió mi hermano en las sucesivas visitas al psiquiatra comenzó, cosa bastante difícil, a tomar conciencia del problema y más tarde comencé a ver un poco de luz tras la información llevada a cabo por parte de mi querido hermano a la familia, aunque evidentemente crear esa conciencia no fue tarea fácil.

¿Por qué he contado todo esto? Sencillamente, porque establezco la similitud entre familia y enfermedad mental; con sociedad y dicha enfermedad.

Quiero hacer hincapié en lanzar a voces abiertas que somos nosotros los protagonistas de esta historia, sin ignorar el sufrimiento que conlleva; y reincido en la palabra protagonistas, como luchadores por conseguir dar soluciones a esta gran batalla. Es hora de comprender que si en etapas de crisis ya es difícil comprendernos a nosotros mismos, cuánto más exigir a los demás que nos comprendan. Resulta penoso comprobar que entre esos estereotipos se oculta el sentimiento del miedo, miedo que en lugar de informar, desinforma, miedo que en lugar de acercamientos, produce alejamientos y rechazos; pero nosotros tenemos que seguir hacia el gran reto: la enfermedad mental sólo es una enfermedad más.

Una gran idea que se ha tenido en nuestra asociación, SAPAME, ha sido la creación de nuestra propia revista, en la que escribimos relatos, poesías, cuentos, experiencias vividas, etc……. Otra buena idea es relacionarnos con personas sin esta enfermedad y compartir con ellos que no somos tan diferentes y que todos tenemos en común la misma lucha diaria para afrontar el gran reto de vivir día a día. Y vuelvo a resaltar que antes que enfermos somos personas.

Con estas pocas líneas he intentado trasladaros no sólo mi punto de vista sino mi propia vivencia que, por su complejidad, desinformación y agresividad contra la persona que la sufre y el entorno socio-familiar en el cual se desenvuelve hacen necesario un esfuerzo personal muy importante si realmente se quiere trasladar al entorno social la angustia, la falta de esperanza, el sufrimiento y cómo desarrollando actuaciones positivas que comiencen por cada uno de los enfermos es, bajo mi modesta opinión, el mejor camino para resolver esa falta de concienciación social que rodea a las enfermedades mentales en general y que yo particularmente también padezco.

Muchísimas gracias

Valle Jimeno Luque Enfermera especialista en salud mental

Kenia. Frontera con Somalia
Rondan las tres de la tarde. Intento descansar bajo el sopor de la altísima temperatura de un poblado del desierto. Unos gritos atroces me instalan en la vigilia. Los oigo sobrecogida durante un tiempo interminable, quizás escasos minutos; intensamente al principio y más lejanos después. Impactada por el recuerdo, tardo meses en descubrir que es Abdul, el loco del poblado, que caminaba por el pequeño callejón al que se abre mi ventana. “He’s crazy”, me dicen intentando no asustarme y protegiéndolo, cuando más tarde lo conozco, “pero es inofensivo; es quien lleva las cabras a comer junto a la pista de aterrizaje y la limpia de animales cuando va a llegar la avioneta”.

Abdul no toma medicación, ni recibe atención específica, inexistentes en aquel lugar. Está sometido a las mismas carencias que todos y es aceptado por sus vecinos, a pesar de alguna mofa por sus diferencias. Abdul trabaja y de él depende, en parte, que llegue al poblado uno de los bienes más preciados: la mirra, droga de consumo habitual.

Bosnia Herzegovina. Mostar. Zona musulmana
Me adentro en el búnker donde viven los enfermos psicóticos desde que bombardearon el hospital psiquiátrico. Cemento, cemento, cemento, luz artificial, falta de aire, sombra, olor condensado a tabaco. Ando despacio, observando minuciosamente. Es la hora del desayuno. Llego a una gran habitación con 15 o 20 camas apiñadas, hombres y mujeres juntos. Algunas están ocupadas por personas que yacen bajo las mantas y parecen bultos. Otras están vacías, con la ropa revuelta. Todo es desorden. Me paro, conmocionada por la mirada de quien contemplo: Ramo.

Sevilla. Sala de Juntas de FAISEM
He llegado pronto a la reunión para conocer las obras de Rafael González. Descubro el impresionante cuadro. Es él. Podía ser él; los dos, el enfermo de Miraflores y Ramo, pueden ser el mismo. Por primera vez identifico las similitudes de esta enfermedad y de sus expresiones, al margen de los distintos espacios y tiempos. Y años después, tomo conciencia de las diferentes repercusiones de la misma en quien la padece, dependiendo del lugar y del entorno.

Sevilla
Damián es usuario de Faisem. Ameno y charlatán, ya conoce a muchos vecinos de su nuevo barrio. Le gusta pasear, relacionarse con otros. Cuando paso a su lado, conversa sobre la opción de votar o abstenerse en el referéndum.

Abdul, Ramo y Damián
Tres personas con enfermedad mental grave. Tres ciudadanos de distintos países sujetos a circunstancias dispares y entornos heterogéneos. Tres personas con discapacidad, percibidas de forma desigual en sus medios, que pueden ser identificadas con tres concepciones que definen cómo son consideradas por quienes les rodean.

Abdul era el loco del poblado, pero gozaba del privilegio de ser aceptado por la comunidad pese a su condición de diferente. Desconozco los motivos, porque en otras comunidades próximas, habría sido temido por peligroso, rechazado, y maltratado.

Ramo era, como sus compañeros, un enfermo, con una doble desventaja: la consecuente a su discapacidad y la producida por la situación bélica. Fueron cuidados por voluntarios y ayuda externa durante el conflicto, y tiempo después fueron trasladados a un dispositivo específico, en el recinto de un hospital recién construido. Ignoro si ya se habrá producido la transición al modelo de atención comunitaria.

Damián es un ciudadano. Antes vivió en un hospital psiquiátrico: recuerda las infinitas horas tomando el sol en el banco de uno de los patios, los movimientos de pacientes paseando repetitivamente, los deseos de saltar los muros del jardín... Tras el cierre del centro, sin vínculos familiares ni apoyos sociales, fue trasladado a una casa hogar de FAISEM, y comenzó a asistir a programas de rehabilitación. Poco a poco, fue desarrollando su autonomía. Aprendió a conocer mejor su enfermedad, a pedir ayuda al notar los síntomas, a realizar actividades de la vida cotidiana y habilidades sociales... Su evolución fue tan buena que pasó a una vivienda supervisada, compartida con otro usuario, que, con el transcurso de los años, fue un referente afectivo importante para él.

Ahora, como ciudadano, intenta disfrutar de sus derechos, no sin dificultades: algunas, derivadas de limitaciones concretas en determinados momentos del proceso evolutivo de su enfermedad, y otras, de las barreras sociales todavía no resueltas, entre ellas, el estigma y la discriminación.

Ana Belén Jurado Melero Enfermera especialista en salud mental

Fotografía de  Belén Jurado Melero

La persona con enfermedad mental atraviesa por una doble problemática. En primer lugar, su propia patología; en un segundo pero no menospreciado lugar, la estigmatización social a la que se ve sometida, haciendo de estas personas seres marcados y rechazados. Es un problema con el que estoy profundamente sensibilizada puesto que, al inicio de mi formación como enfermera especialista en psiquiatría llegué a la unidad de hospitalización de salud mental con los mismos prejuicios que hoy día tiene el resto de la población. Para mí un sinónimo de enfermo mental era AGRESIÓN, con lo cual, con ese sentimiento me era imposible acercarme a la habitación de cualquier paciente sin la compañía de algún compañero o el celador.

Por aquellos entonces, lo último que podía pensar era que detrás de ese paciente existiera una entrañable persona por la que, hoy día, siento una profunda admiración y ganas de trabajar con el fin de mejorar sus vidas.

Son múltiples las causas que generan estigma en la persona con enfermedad mental. En primer lugar, debemos hablar de la famosa reforma psiquiátrica, donde nuestros pacientes pasaron de la reclusión más absoluta a la liberación plena con fin de integrarlos socialmente. Este era uno de los objetivos generales y primordiales que no se vio cumplido por, entre otras cosas, un miedo y alarma social generada, puesto que “estaban libres aquellos que debían estar encerrados y vigilados”. Pero no podemos olvidarnos de que existe una tremenda desinformación y desconocimiento sobre la enfermedad mental dentro de la sociedad, que se guía por una serie de estereotipos potenciados por los medios de comunicación de masas, que condicionan la imagen pública de los pacientes.

Nosotros, como agentes de salud especialistas, debemos comenzar a combatir este tema desde dentro, evitando términos como “esquizofrénico”, “maníaco”, “loco” o “depresivo” puesto que se trata de una etiquetación con mayúsculas en la que se anula a la propia persona, inhibiendo su potencialización como tal y convirtiéndola en algo “diferente”, y esto hace que se rechace.

Existe para mí una frase muy importante en el trato con personas en general; pero especialmente aplicable a personas con enfermedad mental: “Trata a las gentes como si fuesen lo que deberían ser y les ayudará a convertirse en lo que son capaces de ser” (Von Goethe). Esto es imposible de conseguir utilizando términos como los anteriormente expuestos.

En consulta no debemos de olvidar que trabajamos con infinidad de pacientes y muchos de ellos tienen la misma patología, por ejemplo la esquizofrenia. Pese a ese punto en común, existe una gran diversidad entre unos y otros, radicando esta diferencia en múltiples factores: apoyo familiar, relación terapéutica… De ahí que nos centremos en personas con nombre, apellidos, situación personal, familia, etc. Que sí, que padecen una enfermedad mental; pero, que ésta es única en cada caso y hay que abordarla conociendo al paciente de forma holística.

Miriam Rosa Orozco Enfermera especialista en salud mental

Fotografía de Miriam Rosa Orozco

Empecé la especialidad de salud mental con miedo al enfermo mental, miedo a que me hicieran daño.

Las personas enfermas difieren en algunos aspectos de los patrones de comportamiento supuestamente normales, y la gente percibe eso como amenazante, algo que no saben manejar, y como consecuencia la actitud se vuelve defensiva y produce rechazo, por el miedo a lo desconocido. Yo también tenía desconocimiento y estaba muy influida, sin ser consciente, por el estigma social hacia estas personas. Pero cuando tratas con ellas descubres un mundo fascinante y ves a la persona que hay detrás de cada enfermedad.

Quizás enfermería sea uno de los colectivos que más ha mejorado en este aspecto desde que existe la figura de enfermera/enfermero especialista, desde el año 98, pero aun así, ante las demandas del paciente, en especial en los hospitales, se tiende a atribuir los síntomas que el paciente presente fuera de la enfermedad mental, a la misma. Por eso los profesionales no debemos olvidarnos de que las personas con enfermedad mental también sufren infartos, infecciones y cualquier enfermedad orgánica, y que en ocasiones se encuentran con el handicap de no saber expresarlo bien, y no se les echa cuenta.

En la consulta, si quieres explorar y potenciar la parte sana del enfermo mental, descubres cosas maravillosas y que no puedes evitar que te conmuevan y te den esperanzas para poder ayudar a mejorar su situación.

Tal vez mi visión sobre este tema se ve condicionada porque durante el año de residencia como enfermera especialista rotas por todos los dispositivos que conforman la red de salud mental, y ves incluso al mismo enfermo en entornos muy dispares y se organizan actividades fuera de los dispositivos, y tienes esa oportunidad de ver cómo el paciente como se desenvuelve en bastantes áreas de la vida, algo que es fundamental para tener una visión global de las cosas.

Enrique "Estudiante luchador"

Tengo 21 años. Sé que padezco personalidad ansiógena (ansiedad generalizada) desde hace 1 año pero porque empecé a ir a la psiquiatra, aunque seguramente la padezco desde más pequeño. Soy estudiante y la presión de los exámenes y la represión social que sufro es la que me hace tener estos síntomas.

Como persona que sufre esta enfermedad quiero decir que no me parece suficiente la ayuda que me dieron en mi centro de salud, ya que la forma de tratarme pienso que fue solamente "física" (sólo tratamiento médico) y verme una vez cada tres meses. Se olvidaron de la parte "psicológica" al hablar conmigo.

No dudo de la profesionalidad de los médicos pero somos personas y necesitamos comunicarnos para poder desahogarnos y que nos den una atención más personalizada. También me gustaría expresar mi frustración, que se vive en los colegios e institutos, por la poca ayuda que se recibe cuando se informa de estos casos a los tutores. Según mi experiencia, fue un desastre total. Sólo puedo decir a aquellas personas que lo padezcan que se puede seguir adelante. Aunque no se reciba la ayuda necesaria, intenten seguir.

Mi intención es pedir que se haga un trato mas 'psicológico' de los pacientes y pedir que en los colegios y institutos se conciencie a los alumnos de otros alumnos que tengan esta enfermedad.

Espero que mi mensaje ayude a otras personas que se encuentren con mi situación parecida y decirles que no se rindan y que tengan la voluntad de seguir.

Cymbeline

Fotografía de Cymbeline

Hola, soy una persona diagnosticada con esquizofrenia paranoide desde hace unos 20 años más o menos, ha pasado el tiempo suficiente con mi tratamiento psiquiátrico y psicoanalítico como para poder hablar del estigma social y cómo me afecta eso a mí.

Primero he de decir que yo padezco discriminación por diversos motivos aparte de la enfermedad mental y mi mundo actualmente se reduce a lo familiar y el contacto que mantengo con personas como yo misma. Cobro una pequeña pensión y recibo ayuda de diversas personas muy allegadas que me ayudan a vivir una vida digna.

Las amistades que tengo saben de mi enfermedad y siguen siendo amistades a pesar de ello. Es la manera que tengo de saber si una persona es amiga. La piedra de toque es contarle que tengo esquizofrenia y la mayoría de las veces, eso tiene un resultado negativo ya que las personas se distancian.

Mis relaciones con las entidades sanitarias son excelentes, creo que tengo el mejor psiquiatra de la Seguridad Social de Andalucía actualmente. En casos que no tienen que ver con la enfermedad mental, he recibido un tratamiento normal y digno y eso que he padecido cáncer y me han operado. Los médicos en ese caso fueron correctos conmigo y me hablaron francamente.

Mis relaciones con mi familia son normales. Tardaron mucho en darse cuenta de que tengo realmente una enfermedad mental porque en mi familia no existía una cultura de la enfermedad, nunca había tomado más que aspirina hasta que empecé a tomar medicamentos anti-psicóticos.

En lo laboral ya no ejerzo pero cuando lo hacía no decía que tengo una enfermedad mental puesto que mi experiencia es que eso automáticamente me desacredita en lo que digo y hago.

Muchas veces me he sentido mal por noticias en prensa y televisión sobre la enfermedad mental y las personas que la padecen.

Afortunadamente para mí, he de decir que me he sometido a psicoanálisis durante casi 20 años y al amparo de este tipo de terapia he mejorado mucho, gracias a mis analistas he podido superar muchísimos problemas causados por el discurso delirante de mis pensamientos y el sufrimiento que he padecido y actualmente mi análisis se centra en mantener la estabilidad que tantos años y tratamientos distintos han conseguido.

Creo que una de las cosas que podría hacer que la vida del enfermo mental fuese mejor sería que si el afectado no responde bien a la medicación que está tomando actualmente, que esta fuese revisada. Hay demasiados casos en los cuales los psiquiatras se empeñan en usar un tipo de medicación que causa unos efectos secundarios muy difíciles de asumir y son reacios a cambiar la terapia por otra. Personalmente he tenido 7 cambios de tratamiento farmacológico y actualmente estoy en una situación idónea, no tengo efectos secundarios con lo que tomo ahora.

Creo que muchos enfermos recaen porque son reacios a tomarse la medicación por los efectos secundarios y es la tarea del psiquiatra el ir afinando cada vez más hasta dar con la dosis y el producto adecuado.

Actualmente vivo una vida muy digna, muy satisfactoria y estoy llena de optimismo de cara al futuro. También es verdad que el psicoanálisis ayuda muchísimo en mi caso pero no todos los casos se pueden beneficiar de un psicoanálisis. Para mí lo óptimo en el tratamiento de alguien con esquizofrenia pasa por probar insistentemente con diferentes tipos de medicación y dosis hasta conseguir un bienestar físico y mental del paciente y luego abordar una terapia de algún tipo que sirva para mejorar la calidad de vida del paciente.

Beatriz

Soy una mujer de 40 años. Desde hace 10 años padezco depresión. Es asombroso ver lo mal que nos trata la sociedad española a los enfermos de depresión. No sé si será por falta de cultura, por falta de información o por el daño que los medios de comunicación nos hacen (posiblemente sin darse cuenta de ello).

Me asusta ver las noticias en televisión. Por ejemplo: cada vez que muere una mujer víctima del maltrato machista, se le atribuye al asesino una depresión. Los periodistas no están informados en absoluto sobre esta enfermedad. Una persona víctima de una depresión en todo caso atenta contra su propia vida, pero nunca contra la vida de los demás, entre otras cosas porque quien tiene depresión se siente culpable de todo lo malo que ocurre a su alrededor, pero no culpa a los demás.

Antes de decir en un medio de información tan importante como es la televisión, que un asesino padece una depresión, deberían de estar muy bien informados, sobre todo porque un asesino, desde mi humilde punto de vista, es una mala persona, tan mala como para odiar a otro ser humano hasta el punto de asesinarlo.

Desde aquí hago un llamamiento a los medios de comunicación para que traten con respeto a los enfermos de depresión. Nosotros no somos asesinos. No somos maltratadores. No perdemos la noción de la realidad. Sabemos lo que está bien y lo que está mal. Tratamos con respeto a los demás. Cuando tenemos una crisis, sólo nos culpamos a nosotros de lo que sucede, y no a las personas que nos rodean. Somos personas con autoestima muy baja, luego no nos creemos superiores a nadie, al contrario y para desgracia nuestra, nos sentimos muy inferiores (atentar contra nosotros mismos, nunca contra los demás).

Somos personas muy cariñosas, entre otras cosas porque necesitamos recibir cariño. Nos abandonamos a nosotros mismos para ayudar a los demás (baja autoestima). Somos muy sensibles ante las emociones. Somos personas dignas de respeto porque no hacemos daño a nadie ni a nada.

Ojalá esta carta sirva para algo.

Isabel

Fotograf&ia de Isabel

Mi nombre es Isabel, tengo 30 años y soy hija de una persona con esquizofrenia. He sido educada con toda la dulzura del mundo, y querida, por mi padre, igual o más que otro padre que no sufriera esta enfermedad mental.

Su diagnóstico fue esquizofrenia paranoide y en casi los dos primeros años de tratamiento mi padre estuvo sedado, no era persona, entre mi madre y mi abuelo materno, lograron sacarle adelante, tuvieron que empezar de cero con él, dándole de comer, vistiéndole, sacándole a pasear como si fuera un "zombie" (disculpad pero no encontré otra expresión), todo por la medicación tan alta, mi madre ha pasado tanto con él, aguantando tantas miradas, de incomprensión y seguramente de lástima. Se ha tragado tantas lágrimas...

Mi madre es una luchadora nata, si no fuera así, no hubiera conseguido que nuestra familia permaneciera unida hasta ahora, que la separación ha sido irremediable. Este pasado 15 de enero, hicieron 32 años de casados, y ha sido el primer aniversario que pasan separados el uno del otro, es tan grande el amor que se tienen. Es tan difícil esta situación que solo el que la pasa la comprende...  Solo el pensamiento de imaginar a mi padre solo en la Residencia hace que se me parta el corazón, y no solo a mi, si no a su familia, que somos mi madre, mi marido, mi hermana y su marido, y nuestras hijas. Eso es lo que somos, somos pocos, pero le queremos un mundo,...

Después de ese brote mi padre ha estado 25 años estable, sin brote alguno. Sin dejar la medicación ni un solo día, que eso es vital para las personas con enfermedad mental. La constancia con la medicación y la rehabilitación, el apoyo familiar y el amor es muy importante. El iba a su rehabilitación en la URA, aquí en Sevilla, estuvo un tiempo trabajando de Cocinero en Proazimut, pero se cansó. Hemos sido felices mucho tiempo, mi padre es una de las personas con el corazón más grande del mundo, es un ejemplo a seguir, le queremos con todo el corazón, con toda nuestra vida, pero es muy cruel esta enfermedad, porque llega un momento en que no te permite convivir con tu familia.Y terminamos todos con el corazón roto.

Pero el tiempo pasa para todos. Y para las personas con enfermedad mental, es como si tuvieran 10 años más, hoy mi padre tiene 56 años, y la esquizofrenia está más avanzada ya que los brotes le dan más seguido, desde el año 2006 hasta ahora ha tenido 7 brotes, y la última opción, la decisión más dura de nuestras vidas ha sido tener que internarle en una residencia,  con él hay otras personas con enfermedad mental, como él.

Sé que la historia está desordenada, pero no puedo pensar lo que escribo, solo lo estoy sintiendo, porque de verdad necesito contar, que mi madre sufre depresión desde que conoció la enfermedad de mi padre hace ya 30 años, que mi padre tiene esquizofrenia y que mi hermana y yo, somos personas mentalmente sanas , nos hemos criado en un ambiente sano, donde la única diferencia que había entre las otras familias,  era que el amo de casa, eran mi padre y mi abuelo, y la que salía a por el jornal era mi madre.

Estoy orgullosa de la familia que tengo, estoy orgullosa de mis padres, por la educación que me han dado, porque por sus enfermedades, me han hecho ser una persona especial, más humana, más comprensiva...

Denunciar... se pueden denunciar muchas cosas, una de las más importantes es la lista de espera, para acceder a una Residencia concertada por la Junta, ya que nuestra familia ha estado 3 años esperando y no lo hemos logrado, al final la única solución es la privada, tengamos esperanza, en que esta situación mejore para los enfermos mentales, que son los que más dificultades tienen para acceder a este tipo de recurso, y que la Ley de la Dependencia, le dé a cada enfermo lo que hoy gracias a esta Ley se considera un Derecho.

Las noticias de los telediarios son crueles con las personas con enfermedad mental, siempre son ‘esquizofrénicos’ los que matan y hacen daño, y los etarras ¿también son ‘esquizofrénicos’?, en fin supongo que la raíz de todo es la ignorancia, que se tiene con este tipo de enfermedad...

Con mi carta solo quiero animar, a las personas con enfermedad mental, de que pueden tener una familia normal, no abandonando nunca el tratamiento que es la base de su estabilidad, y que pueden amar y enamorarse como el resto del mundo, que pueden tener hijos, que pueden formar su propia familia.

Y a las familias de los enfermos, que nunca dejen de apoyarle ni de amarle, porque son personas buenas, a las que maltrata la vida.

El apoyo de la familia es fundamental, nos necesitan mucho, para mi padre somos vitales, igual que el para nosotras, pero la vida es así... las cosas no son como queremos que sean, sino como tienen que ser...

Acciones de sensibilización para la aceptación de la enfermedad mental y las personas que la padecen.Más información